Dio 11:

Pensándolo bien, no recuerdo muchos momentos en la historia de mi enochaladura en el que me haya ido la ortodoxia.

No que lo mío haya sido sólo para contrariar. Nací con una tendencia muy marcada hacia el roscaizquierdismo que no he podido zafarme, pese a la poderosa influencia de mi educación clásica. Me he hecho viejo deseando sólo lo que comunica conmigo de forma natural.

Ah, sí. Dije “natural”. Ahí está la palabrita. No contando la mención en el título prestado que aparece más arriba, llegó pronto.

Les contaba sobre como funciona mi sistema de afinidades. Hay cosas con las que conecto, así porque sí. Y hay cosas que no me entran ni por casualidad. Y aquellas cosas con las que conecto tienden, la mayoría de las veces, a estar en los márgenes cuando conecto con ellas. En vino, particularmente… Porque es difícil no recordar aquellos tiempos en que era yo una voz casi solitaria en la enointernet hispana defendiendo las virtudes de los vinos de López de Heredia, esos otrora tan denostados por aquellos que vestían calzones de “alta expresión” por fuera del pantalón. Esos mismos vinos que ahora están muy de moda y se venden carísimos. Igual es difícil no recordar mis cruzadas por el vino “sin maquillaje”, sin las tecnoveleidades puntilleras que tan de moda se pusieron en los noventas. Y bueno, sobre lo de los gurús y los puntos no digamos nada.

Un montón de años me he pasado deseando tantas cosas, para venir a darme cuenta no hace mucho que lo que estaba deseando era sólo una: Vino natural. Buscaba vino auténtico, expresivo de su terruño, sin aditivos “mejorantes”, sin marketing trajeado de Hugo Boss detrás, ni complejos esquemas corporativos, ni ansias sociales, ni humo, ni espejos. Un estribillo muy repetido últimamente en este espacio ha sido “Beber, abrir botellas y disfrutar”. Pues eso es lo que siempre he buscado yo. Vino consumido con naturalidad, en camaradería, con goce, cuya bondad principal es como aquel viejo anuncio de ron dominicano: “Lo suave que pasa y lo contento que se pone uno”. Natural.

Ahora resulta que hay hasta un Movimiento del vino natural y que algunos conocidos y amigos míos son parte de él. Se declara a Nueva York (junto con París, San Francisco y un par de metrópolis más) como una de las “capitales del vino natural”. El vino natural se ha puesto de moda entre diversas intelligentsias. Cory Cartwright me invita a formar parte de esta brillante iniciativa multiblogueril con 32 días de vino natural. Yo acepto. Lo del roscaizquierdismo no precluye que de vez en cuando me entusiasme por alguna aglomeración ideológica.

La cosa es que desde hace dos años y dos meses resido en Santo Domingo, República Dominicana, en una orilla a distancia medio-lejana del mercado global de las enobebidas.

Aquí le mencionas a alguien que prefieres el vino natural y los ojos se le ponen de glazeado doble. “Pero yo pensaba que todo el vino es natural”, te dicen con toda honestidad. Se han venido creyendo todo el canon pastoral supermercadístico leido en contraetiquetas de vino industrial. Porque ya se sabe, aún la más tecnológicamente puntera y corporativamente necia de los megacomplejos bodegueros multinacionales apela al mito del “producto de la tierra y el esmero artesanal”.

Eso, que vivo en un lugar donde el vino natural es impensable para la mayoría de los consumidores, que no pueden concebir que la mitología según una etiqueta de Concha y Toro corresponda a algo que alguien pueda considerar “no natural”. Se consume lo que resulta familiar, por la marca y no por el contenido. La diferencia es irrelevante.

Les mentiría si les digo que he aprendido a aceptar semejante status quo. Los gustos del prójimo (no entraré en si ven CSI o no, ya que mi propia esposa parecería ser fan de David Caruso) no me molestaría si no fuesen tan hegemónicos. Soy lo que soy y mis gustos se hicieron como y donde se hicieron. O sea que vivir aquí, habiendo dejado atrás una amplia oferta de vino del que me gusta, del que considero real y verdaderamente meritorio, el que tiende a emocionarme y a motivarme camaradería, es vivir con un eterno mono de cojones. Bien podría estar en Nisswa, Minnesota, ese lugar que decía Thor Iversson hace un par de días. A veces, ante la apabullante presencia de enoproducto industrial en el mercado de Santo Domingo, y, sobre todo, de la aceptación de esto por parte del público local como “la única posibilidad”, me vienen a la mente todo tipo de figuras literarias. Me siento como uno de los personajes oprimidos en alguna de las novelas más simpáticas de Orwell. O no sé, como un envejeciente anarquista oculto en el ático de una casa en tiempos de Franco, viviendo del recuerdo, o sea, con una sed terrible. Cuando aparece algún importador cuya sensibilidad lo provoca a traer a Dominicana un par de vinos de verdad, pues, lo apoyo y recibo esos vinos de vida como algún joven poeta en la Checoslovaquia de antes se devoraba un panfletillo recibido por samisdat.

Disculpen si me he extendido demasiado con mi triste historia. ¿He logrado que sientan un poco de pena? Porque miren que la privación de vino natural por tiempo extendido puede ser una terrible tortura de las que aplastan el alma. De verdad, perdón si me he vuelto un coñazo en mi queja. Pero aquí viene lo de la camaradería. Notando el descontento manifestado en La otra botella con respecto a mis circunstancias actuales, un buen amigo español que elabora vino natural me cogió pena y me mandó un par de cajas de cosillas selectas—suyas y de otros productores de similar mentalidad. He ido abriendo y saboreando botella a botella, poquito a poco, cada vez que me siento deprimido. Resultan muy salutarias.

El amigo elaborador natural del que les hablo no es otro que Laureano Serres. Por casualidad, es también el autor de eso de “Beber, abrir botellas y disfrutar”, que se ha convertido en mi consigna política favorita. A Laureano lo conocí “en vivo” por vez primera hace seis años. En aquellos tiempos no era el naturalero hardcore que es ahora, sino meramente un tipo honesto tratando de hacer el mejor vino que podía. Llegaba yo a Madrid y él se trasladó desde Cataluña únicamente para cenar conmigo. Fue una noche inolvidable en la que dos nuevos amigos dieron cuenta de algún Cornas de Clape, un “Les Poyeux” de Clos Rougeard y quién sabe qué más, ante la mirada atónita de una joven y guapetona sommelier madrileña. Laureano me había traido varios de sus vinos de aquel entonces, para probar.

Una de estas copas fotografiadas en el 2004 contenía el increible rancio 1975 elaborado por el padre de Laureano Serres.

Confieso no recordar particularmente un blanco y un tinto que me presentó. Pero culminamos aquella cena con un rancio dulce de 1975, elaborado por su padre, que fue toda una revelación para mí. Laureano—si no me traiciona la memoria—me habló de como ése era un estilo de vinos otrora típico de su región, pero ahora perdido. Yo, atónito ante un vino maravilloso, auténtico, profundo, genuinamente conmovedor, le dije que ni por nada dejara perderse semejante tesoro.

Saltamos media docena de años y estoy en Santo Domingo, delante de una de mis neveritas de vino, viendo que beber con una ensalada de frijoles negros, maíz, gambas y salmón ahumado en vinagreta al cilantro, comino y naranja agria. Encuentro algo que parecería blanco y cuya etiqueta, en una de esas neciamente vericuéticas e ilegibles tipografías que parecen encantar a los amigos hacedores de vino natural, lo identifica como “Virante”, o algo así. Ante semejante nombre, pues, no sé que pensar. Lo abro. Lo sirvo. Es algo turbio, aunque su color anaranjado mantiene una interesante luminosidad. Un vino que en Santo Domingo sería condenado como “estropeado” y echado sin más por algún fregadero. Menos en mi casa.

Huele a gloria. Instantáneamente me recuerda a aquel “Eléctrico 1922” de Toro Albalá, uno de mis montillas favoritos de todos los tiempos. Fresas, almendras, alcanfor, trementina, piedras, aceite de pino, fresitas silvestres y una profundidad cítrica de proporciones galácticas. Da ganas de escribir una de esas notas de cata con “descriptores” de lista de compra, ¡porque mira que suelta aromas distintos!

Lo que más paralizado me deja es que en la boca es casi completamente seco. Salino. Sustancialmente tánico. Larguísimo. Mucho, mucho, muuuuucho más vino de lo que esperaba encontrarme.

Inmediatamente, utilizando esa herramienta tan natural que son los mensajitos de Facebook, interpelé al Laure para que me contara qué diablos era esto.

Juraba no haberme mandado nada llamado “Viranti”. Ni producirlo. No entendía, pero se alegraba de que me hubiera gustado, si en verdad formaba parte de aquel “care package” que me mandó.

Tomó un par de días que me llegara otro mensaje. Decía Laureano que se trataba de un “Vi Ranci”, o sea, un vino rancio. No el de su padre que habíamos probado en aquel primer encuentro. Uno hecho por él en producción micro—del que, tristemente, no le quedaban más botellas, pues las había mandado todas aparte de la mía a un bar en Banyuls. O algo así.

Le declaré que ese rancio abre una interesantísima avenida para su proyecto de vinos naturales. Su carácter es único e indiscutible y hay que joderse con lo bueno que está. Le pedí que me lo explicase un poco, para beneficio de los que leyeran esta entrega y anduvieran con curiosidad enológica. Me informó que…

Este vino lo embotellé en el 2006 de una barrica que saqué de una bodega de la comarca que había cerrado. El poco vino que quedaba lo dejé allí y lo refresqué con vino mío de garnacha y macabeo. En dos años, la barrica rellenada había bajado bastante, incluso tenía una pequeña fuga que acabó tapándose con hongos. Llené unas cien botellas, contra viento y marea, porque nadie parecía creer en esto. Pero yo tengo ganas de recuperar— aunque sólo sea un .0001 porciento—parte de este patrimonio. Si alguien me da una barrica vieja, y se puede, la cojo y meto vino… No se pierde todo. Pos eso es lo que t’as bebío: Un vino rancio, de los miles que había antes. Algo que la “madre” le ha dado el sabor, una desviación de la enología…

Bonita historia, ¿verdad? El vino es lo que dice su nombre. Y es delicioso. Su historia es el tipo que ningún departamento corporativo

Una de cien, en Santo Domingo, junio 2010.

de marketing pondría en una contraetiqueta—probablemente tendrían severas dudas sobre usar la palabra “rancio” delante, vamos… A la generosidad natural de este buen amigo, que hoy por hoy es la punta de lanza del movimiento del vino natural en España, recibí una botella de cien. Aquí en un lugar donde semejante vino posiblemente nunca sea comprendido, mucho menos disfrutado. Me complace poder llamar al vino por su nombre: Celler Laureano Serres Montagut, “Vi Ranci”, Vi de Taula NV. A menos que vaya a Banyuls antes de que a los del bar se les agote, probablemente no lo vuelva a probar.

Pero llegó a mi. Y eso es de agradecer. Sin saber lo que bebíamos, Josie y yo nos bajamos la botella casi completa de este magnífico rancio seco y al otro día no había ni rastro de dolor de cabeza. Eso también es de agradecer.

~ by Cory Cartwright on June 29, 2010.

2 Responses to “Dio 11:”

  1. […] […]

  2. !Conmovedor y, en general, una pasada, como siempre! Gracias, Manuel
    El Tvrle

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